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Eras Alondra, eras vuelo, eras un lobo, eras de miel.
Nos conocimos cuando apenas despuntaba el alba.
Todo lo hiciste rápido, intenso, fatal.
Ya a los veintidós años tenía una hermosa mujer y una hija.
Ya a los veintidós años, eras un Ingeniero precoz, con un secundario cursado en la Fuerza Militar.
Ya a los veintidós años querías volar y no tener límites.
Ya a los veintidós años no sabías dónde poner tus contradicciones, por un lado tu formación Burguesa- Militar. Por otro los pensamientos nuevos arrasando como vientos fuertes y los cambios que se perfilaban en la Argentina te orientaron al sector contrario al que pertenecías.
Ya a los veintidós años no podías estar ajeno a lo que estaba ocurriendo.
Ya a los veintidós años tuviste que elegir de que lado del mundo te ponías. Y elegiste.
No sabias que tantas preguntas que te hacías, necesitaban transcurrir en el tiempo para hallar las respuestas, ese continuo transcurrir, que va de preguntas a preguntas hasta el final, cuando se trunca el transcurrir y no existen las respuestas.
Demasiado hermoso, demasiado fuerte, demasiado inteligente. Siempre "demasiado" todo.
Te veo andar solo por las calles ensombrecidas de la ciudad de La Plata, vestido de negro, en una moto negra y el pelo negro que cae en un mechón sobre tus ojos pardos. Unica nota de color que prevalecía entre los negros y los grises que empezaron a acompañarte
Cuando eras todo color y sin límites. Todo precoz y fatal.
Tu ausencia en mis ausencias, me repliega el alma y se desploma la ternura.
Pero te atraparon. Apenas comenzada la Dictadura Militar. Y te pusieron cadenas y te sacaron los dientes a patadas y tu sonrisa se fue detrás de las corrientes.
Te esperábamos para verte. Vendrías...
Tu colaboracionismo cantado en la mudez del viento.
Y nosotros vivos...
Los que te juzgamos; vivos...
Sonriendo con todos los dientes.
Y tu sonrisa destronada por horas de tortura.
Y tu propia tortura, declinando en atardeceres borrosos de asados y vinos.
Y la risa al viento en el eclipse de tu cielo demasiado oscuro.
Te esperábamos.
Los Militares te trajeron y te nombraron con sus bocas despiadadas y te palmearon la espalda lastimada y dijeron tu nombre en diminutivo, y eso le daba, un aire informal, intimista y tu cara, conocida a fuerza de querer reconocerte se abrió con todas las incógnitas que vos no contaste, pero que todos descubrimos.
Recuerdo que después nos quedamos solos y yo te preguntaba, mientras vos tocabas la guitarra, mejor dicho, no tocaba la guitarras, solo tu dedo se deslizaba a la deriva por las cuerdas, ajenos a tu voluntad y a cualquier melodía.
Y yo te preguntaba en el fondo de mi vaso y en el tuyo, y las preguntas se hacían montoncitos, hogueras, trampas y verdades comprendidas y yo te miraba porque tus ojos no tenían luz y yo quería a toda fuerza que la tuvieran.
La flaca nos dejó solos, para que vos me contaras las cosas que los amigos se cuentan cuando se emborrachan.
Pero no hubiera alcanzado todo el vino para el encuentro.
Porque el miedo era el único invitado.
Después fuiste héroe, mártir, desaparecido.
La iglesia, te convocó bajo aquel Padre de apellido Alemán, que te sustrajo el alma del mundo y te llevó a las tinieblas del infierno y te palmeó con amor y te dijo "Guillermito" y te sacó toda la información que tenías y aprovechó tu inteligencia para destruir buena parte de la guerrilla.
Las fuerzas Militares te hicieron pasar por " un Ingeniero Norteamericano", que había descubierto los sofisticados embutes que se habían construido en distintas casas y que vos mismo habías diseñado.
Recuerdo cuando todavía no nos habían paralizado el alma y el cuerpo servía y no era escombro, recuerdo que te reías y "cómo" te reías, era tan joven tu risa, tan suelta y escandalosa que me quedé mirándote. Estabas en la boardilla, acostado sobre el corredor y preguntabas ¿ Ustedes qué piensan, que un ascensor sirve para bajar y subir nada más? y reís, porque eras libre, porque acabas de descubrir, de que forma esconder información y desbaratar las vigilancias.
Pero no fue así, el precio de tirarte desde un helicóptero reiteradas veces, atado de un solo pie y sin dejarte caer finalmente en el vacío fue más fuerte y más sofisticado que tus mismos inventos.
Hablaste y hablaste entre “submarinos” y “picanas”, todo acabó, se filtró tu vida entre sus manos.
Colaboraste y salvaste a quien pudiste. Hoy en tanto horror, todavía no puedo dejar de pensar cuantos que estamos vivos gracias a lo que habrás dicho y qué poder de convicción habrás tenido para convencerlos de todo.
El cura Padre de apellido Alemán te prometió el paraíso y el paraíso eran, pasaportes con tu nombre pero sin tu fotografía. Las esperanzas, seguramente te doblegaron aún más. Las alas te habrán empezado a crecer y las ganas, sobre todo las ganas de vivir se redoblarían, cuando te pusieron en aquel auto rumbo al aeropuerto, con el pasaporte falso que no tenía tu fotografía, pero igual que importaba, si hasta serías feliz porque ibas seguro camino al aeropuerto y el cura Padre con apellido Alemán iba adelante, junto con el chofer y ustedes tres atrás con la custodia, pero sin las esposas, bañados y cambiados como para emprender un nuevo rumbo y empezar, porque sería posible empezar y vivir y olvidar y volar...
El auto tomó por el Camino Belgrano, cerca de tu casa y de repente el custodia hizo una toma de yudo y le quebró el cuello al de al lado y alcanzaste a ver la sangre que salpica a todos y el cura turro con apellido Alemán que se limpiaba la sangre con prolijidad y la jeringa tan cerca, pasando por tus ojos y clavando el veneno en la certeza de tu corazón que agonizaba , ago...ni...za... ba... ya sin poder volar...
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