Llevo haciendo el mismo recorrido desde que me contrataron en la fábrica de complementos para el hogar. Cada día hago el mismo trayecto: calle del Escorpión, San Cucufate, gran Vía, paseo de la Viña, subida de Briz y Cantalejos. Nunca había visto tanta gente como hoy delante del escaparate de la tienda de juguetes “el Tíovivo”. Se acercan las fiestas de Navidad y los vendedores se las ingenian para llamar la atención del posible comprador, me dije.
Delante del escaparate de la juguetería se amontonaban decenas de personas que no creían lo que estaban viendo: Muñecas de aspecto humano que lo hacían todo. Una voz que salía de la tienda aseguraba que esas muñecas robot eran capaces de hacer todas las labores del hogar y algunas personales. Después de observar un buen rato el escaparate me di cuenta de que aquellas muñecas eran tan naturales que para mí eran personas, bueno, todas no, solo alguna. Las que no lo eran imitaban a la perfección a una chica que se hubiera vestido de muñeca.
Entré en la tienda. Pedí más información y me aseguraron que no eran humanas sino unos robots que venían de la China. El plazo de entrega era de tres días, ahora no podía ser porque no tenían en existencia. Los doscientos euros incluían transporte y asesoramiento. Me pareció razonable. Firmé los papeles y di una cantidad como paga y señal. Me aseguraron que el jueves, antes de irme al trabajo (yo me voy a las 8 de la mañana), me entregarían a “Rosana, la muñeca que hace lo que le da la gana”.
Al salir de la juguetería “el Tiovivo” di una última mirada al escaparate. Allí seguían las cinco muñecas haciendo movimientos “humanos”. Fregaban el suelo, quitaban el polvo, organizaban libros en la biblioteca, trasladaban macetas, encendían la radio, etc. Me fui contento esperando el día en que sería poseedor de la muñeca “Rosana, que hace lo que le da la gana”.
Efectivamente, llegó el jueves y un cuarto de hora antes de las ocho sonó el timbre. Dos forzudos mozos con cara de emigrantes centroeuropeos me subieron un bulto del tamaño de un frigorífico. Les pagué la factura, firmé un papel y en el escaso español que hablaban me dieron las gracias. Les dije que me esperaran que bajaría con ellos pues ya eran las ocho y cinco minutos y me tenía que ir a trabajar. Así lo hicimos en silencio pero cada vez que nos mirábamos me sonreían. Yo les devolvía cortés la sonrisa. Se subieron a una furgoneta que no llevaba distintivo alguno y yo me perdí calle Cantalejos abajo, apretando el paso.
La jornada se me hizo larguísima. Siempre como en un bar cercano al trabajo pero esta vez no, esta vez quise aprovechar el descanso del mediodía para ir a ver la muñeca. Le pedí a un amigo que me acompañara. Así que los dos, entre comentarios picantes y otros divertidos abrimos la puerta y entramos en el piso. ¡Vaya sorpresa nos llevamos! El piso estaba revuelto, de la muñeca Rosana ni rastro. No quedaba nada de valor en la casa. Todos los electrodomésticos habían desaparecido junto con el dinero, las joyas, las sábanas y toallas. Me habían limpiado el piso. Con mi amigo me dirigí a la tienda de juguetes “el Tiovivo”. Continuó la sorpresa: Una brigada de limpieza estaba vaciando el local.
No tardé en averiguar qué había sucedido. Me lo explicó el policía cuando le dije que venía a hacer una denuncia por robo en mi piso y él me señaló a unas quince personas que estaban esperando para denunciar lo mismo.
Antes de sentarme en la sala de espera dije en alta voz: ¡Felices fiestas, paisanos!