Ya te he dicho que no sé quién es Leo Ferré.
Contaba que una vez en Londres le habían robado los zapatos, en plena calle, de repente miró sus pies y estaba descalzo. ¿No será que los dejaste olvidados en el parque donde solías actuar? Él dice que no, que sintió frío en los dedos de los pies. Es muy agudo cuando me cuenta chistes y esas ideas suyas acerca de la nostalgia, que le llevan a escribir pequeñas frases en las servilletas de los bares. En Victoria, acabó con el servilletero del bar de la estación y cuando volvió a Madrid las repartió en el Retiro. Regalaba sus ideas en la Feria del Libro.
Algunas veces cantas “chanson d’automne” pero tú no sabes quién es Leo Ferré. Miras por la ventana al amanecer con un cigarrillo pegado a los labios; me sustituyes, me prostituyo.
El parque era un hervidero en esos días. Literatura a la venta. Firmas con poderío. Folclore urbano en horario comercial: de 10 a 2 y de 4 a 8. Viejo Leo, porque tiras servilletas sobre los libros. Las dejaba caer como granos de sal sobre la carne fláccida de aquellos sucedáneos melindrosos de nueva narrativa globalista.Todos guardaban las servilletas en sus bolsillos. Hubo incluso quien las puso dentro de un libro. Un niño se limpió los mocos con una que ponía “perro ladrador busca pulgas para poder rascarse”.
Un joven que fuma en pipa te dice mirando hacia otro lado que tampoco lo sabe, pero todo el mundo murmura lo mismo: parece Leo Ferré.
El loco del violín invisible recoge los periódicos abandonados en los bancos del Retiro y en las paradas de los autobuses que suben al centro. Acumula todos los que encuentra y busca en ellos a ese hombre francés con quien todos le comparan.
Nunca te diré quién eres porque si lo hago volverás a París. No sé quién es ese hombre del que todos hablan. Desayunamos juntos a las tres de la tarde y rememoras las pesadillas en las que una mujer con paraguas azul murmura en un idioma desconocido las notas que salen de tu violín.
Estuve viviendo con él en aquella casa llena de flores y plantas exóticas tantos años que ya me había olvidado, ya no temía que encontrara en el periódico al viejo Leo Ferré. Fue un caluroso verano del 93.
Este hombre es Leo Ferré.