-¡ Dalila ven aquí !, buena chica.
Ronroneaba entre sus piernas buscando caricias. A su lado olvidaba el cielo de baldosas rotas que la cubría y trabajaba mejor. Cogió lana amarilla para acabar las trenzas, las pegó sobre la cabecita de trapo; dibujó una minúscula boca, la naricilla, unas cuantas pecas...
-Dalila allí, ¡ a por ella !.... ¡ Los ojos no, golosa !
El negocio vivía un auge continuo, todas las jugueterías de la ciudad querían vender sus muñecas de trapo. Eran tan divinas, tan bonitas, originales y expresivas. Nadie entendía de donde sacaban tiempo y energía aquel matrimonio de ancianos para fabricar muñecas. Teniendo en cuenta que la señora Osiri tenía las manos casi destruidas por la artrosis, y su marido..., su marido tenía suficiente con sujetar la barra de la taberna, era fácil adivinar la perplejidad de los vecinos. Y sin embargo, cuando a últimos de cada mes veían sacar de su casa una docena de muñecas listas para vender, sólo pensaban en si tendrían suerte, esta vez, de adquirir una de aquellas preciosidades. Rubias, pelirrojas, morenas, vestidas de princesas o de brujas, pero tan singulares. Nadie las hacía como ellos, con ese acabado subliminal del perfecto artesano. ¡ Tenían un no sé qué en los ojos !.
La señora Osiri bajaba las escaleras que conducían al sótano tres veces al día. Con la bandeja de la cena recogía el trabajo terminado, y con la bandeja del desayuno llevaba nuevos materiales. Así funcionaban desde hacía diez años, y aunque sabía que el pecado salía de noche, no le importaba, mientras al día siguiente rindiera en su labor, todo estaba bien. Todo lo bien que pudieran ir las cosas desde que sus mellizas se ahogaron.
El médico confirmó que de nuevo estaba embarazada justo al mes de enterrar a sus niñas. Y supo que mientras la Parca le robaba su vida, ella estaba chillando de placer; y quiso abortar, pero aquella tripa creció sin pedir permiso. Cuando nació no osó mirarla y se la dio a unos familiares. Hacía una década que el pecado había vuelto y ella lo enterró con odio. La niña, que entonces contaba doce años, no pudo echar de menos lo que nunca había conocido, y aceptó con la mayor naturalidad su tétrica y dulce prisión. Penumbra, muñecas de trapo y Dalila.
Pero una noche, mientras espiaba al aire por el escuálido ventanuco con barrotes del sótano, quiso mezclarse con las sombras. Se escabulló como vivía, sin hacer ruido, reptando por un suelo embarrado de hojarasca. Y primero le dio miedo arrimarse a otras sombras, y luego aprendió a tocar y dejarse tocar. Y descubrió, sin atrevimiento, que la noche era un volcán, y bebió toda su lava. Vivía entre fantasmas; la oscuridad no tiene rostro, pasaba desapercibida ante el mundo. Sólo buscaba pieles húmedas y sensaciones. Amaba bajo estrellas de papel para poder vivir creando vidas de trapo.
Sus muñecas, a las que jamás dejaría que cortasen su existencia, eran su esencia. Y decidió que nacieran con los ojos de la muerte, ojos horrorizados viendo al ingente felino lanzarse sobre ellos. Revolvía entre los restos del suculento manjar de Dalila hasta dar con ellos, con dedos chorreantes los metía durante horas en alcohol, después los bañaba con esmalte y cuando estaban secos, los pegaba en las caritas. Nadie podría abortar la vida de sus queridas muñecas de trapo si nacían muertas